Cuaderno de un taller de ideas
Corvus Lab empezó, como empiezan casi todas las cosas que después duran, sin la menor intención de durar. Es un taller pequeño, sin sede ni estatutos, donde se arman herramientas para leer lo que el Estado, los bancos y las reparticiones oficiales publican de un modo que nadie, en la práctica, alcanza a leer.
Partimos de una sospecha antigua: que la información pública abunda en unos sitios y escasea en otros, y que esa mala distribución rara vez es inocente. No pretendemos remediarla con teorías. Preferimos la cosa hecha, aunque salga modesta y haya que rehacerla al mes siguiente; una tabla que funciona nos ha enseñado más que varios tratados sobre la transparencia.
Tampoco aspiramos a la neutralidad, esa virtud que suelen reclamar para sí quienes ya eligieron. Elegimos, eso sí, con cuidado, y procuramos que lo que se averigua en el taller no quede guardado en él: un dato que no circula es, para el ciudadano, lo mismo que un dato que no existe.
La complejidad de un asunto no autoriza a nadie a volverlo oscuro.
Lo que permanece a la sombra, sea por obra de la burocracia, de la distancia o de la simple falta de instrumentos, puede traerse a la luz; y lo que está a la luz puede, por fin, discutirse y corregirse.
Seis de los once que lleva el taller, para empezar
Las grandes inversiones se anuncian con más estruendo del que luego se cumplen. Aquí se lleva la cuenta de cada una, para que la memoria pública no dependa de la buena voluntad de nadie.
La Argentina comparada con el mundo, indicador por indicador, sin otro comentario que el de los números mismos.
Lo que el Estado deja de hacer también admite medida: obras detenidas, pedidos de informes sin respuesta, costos que nadie se toma el trabajo de explicar.
Las seis maneras que la ley prevé para hacerse argentino, con lo que cada una exige, lo que demora y lo que cuesta de verdad.
Trescientas veintiuna ofertas de treinta bancos, ordenadas por el único número que no admite maquillaje: el costo financiero total.
Cinco volúmenes: un canon personal, un protocolo de la atención y tres ensayos, que pueden leerse por separado aunque fueron pensados para leerse juntos.
Lo que se piensa en el taller cuando no se está construyendo nada
Sobre el humanismo entendido, no como una opinión acerca de la técnica, sino como un oficio de guardar.
Los antiguos lo tenían por mensajero, y no sin razón. El cuervo recuerda la cara de quien lo ha tratado mal, resuelve acertijos que dejarían perplejo a más de un perro, se sirve de ramitas a modo de herramientas y entierra alimento en previsión del invierno. No es el más fuerte de los pájaros; es, acaso, el que mejor se acomoda a las circunstancias.
Algo de eso quisiéramos para el taller: trabajos breves, hechos a la medida del problema y a tiempo, antes de que el problema cambie de forma, y sin tener que pedirle permiso a nadie para empezarlos. No profesamos un método fijo ni una doctrina; tenemos una costumbre, que consiste en averiguar, hacer, publicar y, cuando hace falta, volver a empezar.
Hay problemas que no tienen dueño, porque son demasiado chicos para un ministerio, demasiado locales para un diario de la capital o demasiado incómodos para cualquiera de los dos. Son los que más nos interesan. Si usted conoce alguno, le rogamos que nos escriba.